La fotografía y la poesía son similares, despiertan la imaginación y dejan espacios para la interpretación. Tomar una imagen no deja de ser una metáfora o abstracción sobre la esencia y los límites del tiempo y el espacio. Ventana a la expresividad y al descubrimiento. Con esta intención cojo mi cámara, para ver y sentir, no siempre necesariamente en ese orden. Y es que la esencia de la fotografía crece dentro, una fotosíntesis compleja en el que la luz es fuente de (re)creación y comprensión.
El proceso de tomar fotografías cautiva, y es que tiene su dosis de adicción deambular y reflejar las experiencias e inquietudes cotidianas. Disparar la cámara es una táctica para implicarse y configurar la biografía de un momento, mirando al enigma de la identidad y la realidad. Comparto que la fotografía es melancolía, y que cada imagen tiene su circunstancia, su respeto, su deseo y posición ética.
Me sumo a las corrientes de “no intervención”, en tanto que la escena como la luz permanecerán espontáneas y libres de artificios, exentas del delirio de optimación. Fotografías contra la perfección y el convencionalismo en la era de la posverdad.
